No hay nada más insólito que trazar un balance de la sociedad que integramos después de una derrota deportiva. Desde que quedamos eliminados del mundial, se han escuchado varios análisis y, casi siempre, la conclusión de los medios fue la de que somos un fracaso. Esto no quiere decir ni que lo seamos, ni que todos lo pensemos. Son los medios y sus intereses, los intereses que defienden sus propietarios, quienes esgrimen sus plumas para darnos un manto de realidad que nos ubique en nuestro lugar. De esto nos quieren convencer. No de un resultado deportivo 4 a 0 por jugar mal.
En esa línea, la revista Noticias, propiedad del grupo Perfil, graficó su idea con un montaje fotográfico y con una bajada de esas que caracterizan a los periodistas “objetivos” del establishment informativo. El montaje muestra a Maradona vestido como Carlos Gardel. El título es una sentencia que pretende hablar de nuestra identidad: “El insólito festejo del fracaso”. En la bajada, el fundamento: “La sociedad que celebra a un equipo ineficiente prueba que la reivindicación tanguera de la frustración se impone al elogio del trabajo bien hecho”.
Tango igual identidad, igual frustación, igual derrota, igual negatividad. Tango igual tristeza, igual decepción, igual fracaso. Resumen: tango sinónimo de todo mal. Tango, sinónimo de Argentina igual Argentina todo mal.
¿Quién es el que dice todo eso? ¿Qué revista lo publica? ¿Qué es entonces esta identidad? Y dicho conflicto épico, en el extraño caso de que nos representara, ¿nos dejaría conformes? Es decir, ¿nos gusta ser esto, ser unos fracasados?
Eso lo plantea la editorial Perfil, Fontevecchia y James Neilson, el redactor de esta nota, ex director del Buenos Aires Herald. No vamos a hacer hincapié en cuestiones de la última dictadura para hablar de Perfil y sus propagandas. Hablaremos de proyectos de país, de identidad, de proteccionismo, de tango, de primer mundo, de tercer mundo, de Latinoamérica, de cultura.
Las reflexiones del amigo James describen sus propios valores. En su nota compara al recibimiento pacífico de nuestro seleccionado con la violenta bienvenida a la selección brasilera. Lo de Brasil es lógico. Lo nuestro, insólito. Después asegura que somos una sociedad exitista y entonces, él se sorprende de la falta de violencia. Suena a que se quedó con los cubiertos preparados para bajar moral contra nuestra violenta sociedad “que no sabe perder”. En lugar de hablar de un cambio, de cierta evolución ante la derrota, prefiere hablar de que “acá pasó algo raro”.
James preferiría -y así lo dice- que nos reconozcan por Borges y no por Maradona. Tilingocracia intelectual propia de los sectores que se llaman a sí mismos cultos y que les cuesta ver a Borges por debajo del ordinario Diego Armando. Es el resto del mundo el que nos reconoce por Maradona pero, por alguna extraña ecuación, la culpa es nuestra. Neilson cita a Shakespeare y no se da cuenta que habla de la historia del tango cuando quiere hablar de Maradona: “El genio que surgió de la pobreza para encandilar al resto del mundo”. Da un toque de distinción cuando se usan argumentos “civilizados”, citas legitimadas, solo que, en este caso, se vuelven en contra la prédica de la derrota. Seguramente, también parafraseaban a Shakespeare quienes odiaban el tango por ordinario a principios de siglo XX.
La revista Noticias quiere ablandar los oídos argentinos con la zoncera de que somos individuos sobresalientes pero que, por díscolos, perdemos en todo lo que encaramos. Perdemos ante sociedades mediocres pero que, organizadas, obtienen mayores éxitos. Nielson a esta altura se olvidó del fútbol y se obstina en hacernos creer, como tantos otros en tantas décadas de avasallamiento cultural, que por ser rebeldes y no sumisos, tal como él preferiría, la realidad siempre nos deparará una derrota.
Para ello utiliza nuestro emblema cultural para fortalecer ese argumento. El ex director de Buenos Aires Herald, ese diario que se escribe en inglés para los habitantes de Buenos Aires, no hace más que repetir el colonialismo intelectual de menospreciar lo que nos rodea. No parece tener vínculos con aquel Buenos Aires Herald que se la jugaba durante la dictadura. Ahora trata de explicar un país con el disparador berreta de una eliminación mundialista. Hernández Arregui describe al imperialismo como una “potencia disgregadora de lo propio”. Y esa resistencia se da en espacios donde la identidad aflora, el tango, el folclore, la murga, la cultura popular con conciencia nacional. No le tema a la palabra imperialismo. Que a usted le genere rechazo es la consecuencia de otra misión que lleva años vaciando de sentido nuestras palabras. Y sin embargo, de imperialismos se tratan estas acciones periodísticas de opinión.
Acciones que buscan describir a nuestro país dentro de “la épica nacional de la derrota”. Busca descifrar esos orígenes pero omite mencionar algunas de las causas comprobadas por las cuales todavía nos falta. Por caso, Hernández Arregui ilumina con su descripción histórica: “Nuestro supuesto país ‘fracasado’ está emplazado en un continente que fue atomizado, divido en su identidad, donde la balcanización económica de nuestros territorios derivó en la producción de materias primas para el primer mundo, y donde el aislamiento cultural de los pueblos hermanos, fomentado desde afuera, nos demoró décadas” y hasta siglos en volver a encontrarnos. No estamos en igualdad de condiciones. No por nada conocemos antes a cualquier mediocre grupo de tercer nivel yanqui o inglés que a cualquier cantor que hace tango aquí y ahora.
Esa tapa de la Noticias tiene una misión que cumplir. “No me vengas con un tango llorón que yo necesito ritmo”, decía una inocente tira adolescente de Ideas del Sur.
El colonialismo cultural que profesan estos bienpensantes de la cultura, que suelen sustentar sus revistas con la soja, el lobby y que seguro están felices por lo llenas que están las tanguearías for export, son los que alimentan esa idea de que lo nuestro es malo. Son usinas de negatividad que cargan de prejuicios a aquel que vaga errante por la vida y que, sin conocer, te dirá que el tango… “¡nooo! ¡es un embole!”.
Para concluir, en el ciclo Tangos del Bicentenario entrevistamos a Julián Peralta, pianista de Astillero quien decía que, en realidad, los que hacemos tango nos quejamos mucho. Que si el técnico no me pone, algo estaremos haciendo mal. Y puede ser que no estemos haciendo todo lo que tenemos que hacer para torcer el destino cultural de nuestro país. Con tapas como las de Noticias, sin dudas debemos hacer demás, estar siempre al 100% de nuestras posibilidades. Muchas veces no hay conciencia de eso.
Ese día, había 45 personas en un teatro hermoso que tiene capacidad para 400 espectadores en Villa Urquiza. Sin dudas hay muchas cosas que no están bien porque es inexplicable que los pibes de Villa Urquiza no hayan escuchado jamás a una gran orquesta de tango. No tengo dudas que si conocieran a Astillero, llenarían la sala a cambio de una entrada de cinco pesos.
Pero más allá de que puede ser que el técnico no me ponga… Cuando encaramos nuestra labor dentro de la cultura, no debemos dejar de enterarnos que vinimos al mundo después de décadas donde la única voz que se escuchó fue la de gente como la que dirige el grupo Perfil, intelectuales colonizados y operadores políticos históricos disfrazados de periodistas que educaron a una cultura de clase media “con actitud imitativa, donde todo lo de afuera es mejor”.
El técnico no me pone. ¿El técnico me conoce? El tango no reivindica las frustraciones. En todo caso, las comparte como la zarzuela, como la bossa nova, como la zamba, o como el blues o inclusive el dark británico de exportación, estimado James Neilson.
El pensador nacional Juan José Hernández Arregui, en la década del 60, lanzó una frase: “La resistencia al imperialismo como potencia disgregadora de lo propio”. Hoy nos sirve para describir a toda una masa de chicos que hacen cultura en un país eliminado de un mundial. Imperialismo y Cultura se llama ese libro. Que Maradona haga lo que quiera.
Fractura Expuesta Radio Tango. Un programa de radio que escucha tango.
Hasta la medianoche, exponemos la fractura.
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